Un viaje sin rumbo y sin regreso

Mi capitán creyó haber perdido el amor de su vida para siempre y se cansó de luchar. Se cansó de buscar. Siendo aún muy joven, pensó que algún día se podría volver a enamorar y se dedicó toda su vida a trabajar, a acumular una fortuna que lo hiciera remplazar la calidez de su amor.

Se alejó de su familia, de su casa, de su cama, incluso de sus perros, quienes antes habían sido su motivación para seguir vivo. Puso su corazón y sus sueños en una mochila verde que le había hecho su madre.

Salió de su casa un sábado muy temprano, rumbo a la capital del país, añorando algún día regresar a su ciudad. Se subió en uno de los barcos a vapor que, por esa época, apenas estaban echando sus primeras humaradas.

Vio paisajes que nunca había visto. Si la fe de mi capitán flaqueaba constantemente, ver el verde de las montañas y el azul clarito del cielo lo hizo de una manera u otra sentir que no estaba solo en el mundo. La luna se posaba tan cerquita del agua como si quisiera beber su divinidad. Formaba un camino que lo guiaba no solo a su belleza sino al punto final de aquel recorrido, como si estuviese prediciendo paz y tranquilidad, eso que anhelaba encontrar mi capitán.

Al llegar a la ciudad, se puso en contacto con la residencia que lo iba a hospedar a cambio de prestarle sus servicios de aseo. El sitio era un edificio viejo en el cual habían alrededor de unas 20 habitaciones, la mayoría de ellas adecuadas para una sola persona.

La dueña del lugar daba cada cierto tiempo la oportunidad para que algunas de las habitaciones fuesen compartidas. Era una mujer de cuerpo esbelto, cabello negro y una sonrisa que hacía pensar a mi capitán que la cruz que llevaba dentro era más pesada que la de cualquier ser humano. Permitía que parejas o amigos hicieran parte de aquella residencia que completaba 30 personas, quienes compartían seis baños. Mi capitán no pudo escoger un sitio más incómodo para vivir. Decidió tocar cuanta puerta encontró, para pedir hospedaje a cambio de los servicios domésticos.

Un granjero de una barba poblada, alto y gordo de tanto beber cerveza, tuvo la amabilidad de brindarle uno de los cuartos que tenía asignado para el lavado de sus bestias. Era un sitio oscuro y tan frío que la piel del alma se congelaba  y no dejaba ni recordar a mi capitán si alguna vez había sentido al verdadero amor tocar su corazón. Aunque el lugar casi no tenía espacio, mi capitán solo necesitaba un sitio en el cual dormir y estar medianamente cómodo por algún tiempo.

Habían pasado 10 meses desde que mi capitán estaba en la capital. Puso sus manos a trabajar en cuanta cosa pudo: como lastre, obrero, panadero… Sin descanso, ahorrando cada centavo que llegaba a su bolsillo. Había cambiado un amor inválido por un trabajo desagradecido.

Lo que mi capitán desconocía era que las tardes y las noches no se habían llenado de lluvia sin sentido. El cielo se tornaba gris porque en aquella ciudad se paseaba desventurada su amada, la misma que hacía tanto tiempo se había ido y no había vuelto a ver…

@1albarracin



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